6.6.12

Ochate, mi experiencia en un pueblo maldito (I)

Ochate es un pueblo abandonado del Condado de Treviño, en Álava, muy conocido en el mundo de lo oculto. Hasta Iker Jiménez le dedicó un tiempo en su programa, ya que la leyenda que arrastra es bastante jugosa:  Sus habitantes fueron supuestamente diezmados sin piedad por diversas plagas y enfermedades varias veces, hasta convertirse en un pueblo vacío. Así que los amantes de lo oculto aseguran que es un lugar maldito en el que se presencian con cierta regularidad fenómenos extraños: OVNI’s, luces extrañas, grabaciones de psicofonías… Evidentemente, todo esto tiene un rigor similar al de la mujer muerta que se aparece en la curva de la carretera.  El periodista Luis Alfonso Gámez ha escrito con frecuencia sobre el tema en numerosas ocasiones y en este estupendo artículo de su blog podemos leer un preciso resumen de toda la idiotez y la porquería que hay detrás de esta sarta de insensateces.

El caso es que hace un tiempo un servidor también tuvo su experiencia personal en Ochate. Ocurrió hace más de dos décadas, cuando uno era capaz de juntarse con varios amigos, coger un coche y perderse por ahí unos cuantos días a la búsqueda de emociones del más allá. Y como aquella experiencia tuvo su aquel, me he animado a contarla en este blog.

El plan lo lideró uno de los amigos, especialmente interesado en este tipo de temas, que localizó el lugar en un mapa (no existía internet, claro) y nos puso en antecedentes de las historias. No necesitamos mucho para organizar la expedición: Cinco personas, dos coches, una tienda de campaña, un cassete para grabar, una cámara de fotos, provisiones y tabaco. Era todo lo que necesitábamos.

Como era invierno y el camino estaba lleno de barro, conseguimos llegar a duras penas por la tarde, antes de anochecer. La idea era pasar una noche allí, así que estaba perfecto. Intentamos montar la tienda de campaña, pero no era muy buena y  la incesante lluvia se colaba al interior, así que localizamos una especie de cobertizo o tejadillo vacío y la montamos debajo. Para cuando terminamos acababa de anochecer y el tema pintaba feo: todavía eran las siete de la tarde, no paraba de llover y si íbamos a tener que esperar hasta la media noche para empezar la actividad de “hinbestigación”, aquello tenía toda la pinta de que iba a ser muy largo…

Con el objetivo de hacer la espera más llevadera, sacamos los bocadillos, unas botellas de vino y encendimos un fuego dentro de un trozo de bidón viejo que encontramos. Supongo que gracias al efecto del alcohol y al de la luz de las llamas, el tema se animó un poco y los chistes y bromas caldearon el ambiente. Y ya se sabe cómo suelen evolucionar estos momentos: Hacia la interpretación grupal de alegres melodías y tonadillas locales. A los únicos que podíamos molestar era a las supuestas almas en pena que pululaban por la zona, porque de las otras, de las de dos piernas, no tenían pinta de pasarse por aquel rincón perdido y húmedo.

Para las diez de la noche no quedaba comida y gran parte del vino se había evaporado, así que los chistes empezaban a tomar un cariz menos inocente y el tono de las voces era bastante elevado. La noche era oscura, sin estrellas, fría, húmeda. El fuego ardía con ganas en el bidón y la lluvia habia remitido un poco. Las canciones habían llegado a un punto peligroso, ya centradas en bandas sonoras de programas infantiles de nuestra infancia. Y justo en ese instante, como de la nada, de entre las sombras de detrás del cobertizo, apareció una pareja de hombres, uno maduro, con barba y el otro muy joven, un adolescente. La conversación que se produjo fue algo así, liderada por el mayor de los dos:

(Ellos)-Aquí estáis mal
(Nosotros)- ¿Cómo?
- Que aquí estáis mal
- ¿Mal? ¿Por qué?
- ¿Venís por lo de las apariciones?
- Bueno, si...
- Pues tenéis que ir a la torre, allá arriba.
- Ah...
- ¿Sabéis quien soy?
- Pues no.
- ¿Seguro? (se arrima al fuego y muestra su cara)
- No caemos...
- No me habéis visto en la tele?
- No.
- Pues me han entrevistado. Yo vengo con mi hijo... con mi hijo... ¿cómo te llamas?
- Carlos.
- Vengo con mi hijo Carlos todos los días y es ahí donde hay que ir.
- Vale, luego iremos.
- ¿Tenéis un poco de vino?

Nos faltó tiempo para empezar a hacerle preguntas, que respondió encantado mientras se tomaba unos tragos. Inmediatamente nos dimos cuenta de que era el típico chiflado que no decía más que incongruencias, hablando de voces, luces, sombras y similares. Y que lo único que buscaba era cierto protagonismo. Ah, y que quien le acompañaba, que parecía el hermano menor de El Vaquilla, no era su hijo, claro.

Se pasó cerca de media hora de cháchara y gorroneando alcohol y en cuanto la conversación bajo de ritmo, ambos desaparecieron tan súbitamente como habían llegado, deslizándose hacia la oscuridad y caminando, alejados de cualquier camino principal, hacia vaya usted a saber dónde.

Nos miramos, sacamos más vino y comentamos  la jugada tras asegurarnos que estaban lejos.Aunque coincidimos en que el tipo no era más que un impresentable, seguiríamos sus consejos y sobre la media noche iríamos a la torre. Era lo único que se nos ocurría para no morirnos de asco, ya que pensábamos que aquella visita sería el único entretenimiento de  la aburrida y eterna noche que nos esperaba. Pero no podíamos estar más equivocados...

Sigue en la parte 2.
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