Pero no voy a hablar ahora de lo bien que me lo pasé con todos estos personajes, sino de algo mucho más friki. Aquellas revistas contenían a menudo publicidad bastante curiosa, si pensamos que eran leídas por críos bastante pequeños: Cursos profesionales, muñecos extraños, aparatos inútiles, adornos extravagantes... también los leía,imaginando que alguna vez pudiera tenerlos. Pero sobre todo, había unos anuncios que despertaron mi interés durante mucho tiempo. Los pagaba la empresa (o lo que fuera) que da título a este post, Sanson Institut, y eran así:
Vintage total, ¿verdad? El caso es que aquellas promesas de cuerpos perfectos sin esfuerzo me sonaban de maravilla. Sí, a mí, que era un chaval tirando para esmirriadillo. Y aunque imaginaba que serían algo exageradas, estaba seguro que en gran parte tenían que ser sinceras, ya que no creía que ningún adulto pudiese mentir tan categóricamente.
Lo cierto es que el bombardeo era brutal, y la variedad de formatos muy numerosa. Aquí tienes alguno más:
Y oye, tanta promesa y cuerpos preciosos a mí me convencieron. Inocencia (e ignorancia) infantil, supongo., pero ahora me sorprende cómo podía asociar esos bíceps, tríceps y abdominales a mi tierno y todavía no desarrollado cuerpo. Así que, ni corto ni perezoso, rellenando el cupón con letra que me hiciese parecer mayor, solicité más información enviándolo por correo normal, del de toda la vida.
A partir de entonces me llegaron innumerables cartas (de las cuales, por desgracia, no guardo ninguna copia) con más promesas y requerimientos económicos más precisos. Seguía sin estar muy claro qué era aquel programa, pero su coste persuadía a cualquier madre con buen juicio de ni siquiera plantearse la posibilidad de comprarlo. Así que tuve que conformarme con soñar con el cuerpo que hubiese podido tener, pero que nunca llegó.
Probablemente aquellos dibujos a carboncillo y pluma de fornidos y atractivos hombretones, con su director y campeón de Europa Manuel Rillos a la cabeza, minaron mi subconsciente, mi ego y mi superyo sin remedio. Y así ando. Aunque el tiempo haya pasado y los sueños musculados se hayan ido por el desagüe a causa del generoso apetito y del escepticismo acarreado con los años.
Gracias a internet, ahora me ha sido posible conocer qué era todo aquel milagro: no eran más que diez cuadernillos con textos y dibujos, con consejos e instrucciones sobre ejercicio, alimentación, vida sana... Puedes descargarlos todos desde este enlace. La verdad es que cuando me los bajé, estuve leyéndolos casi entre lágrimas, ya que de repente tenía ante mí la resolución de una ilusión infantil olvidada. De cualquier forma, ¡menos mal que mi madre no me los compró!
El caso es que cuando miro esos cuadernillos, me recuerdo con casi cuatro décadas menos, leyendo aquellas promesas, abriendo emocionado una y otra vez las repetidas cartas publicitarias que Sanson Institut enviada al buzón de mis padres, con la esperanza de que algún día llegara algo más que folletos que pedían cantidades de dinero imposibles.
En fin, es agradable sentir de vez en cuando la nostalgia de tiempos que no volverán, aunque sea a partir de un recuerdo tan almodovariano como este.













